martes, 15 de febrero de 2011

DE CUANDO ME ROMPIERON EL CORAZÓN DE BALÓN

Todo empezó un 11 de junio de 2010, cuando tras 4 años de impaciente espera y como toda una novia tricolor, me desperté al cuarto para la hora de la inauguración de la Copa del Mundo. Con ojos de topo, a tientas, pero con el corazón encendido, me vestí de guapa para mi hermosa y adorada selección. Mil trecientos pesos de inversión en un out fit mundialero, a precio de “La negra que escasea, dásela cara a la güera”. Y fue así como firmé condena, de lo que se convertiría en otro capítulo más de la tragedia de amor, dolor, decepción, llamada Caro y su selección. En medio de un ambientazo de hogar, a base de café cargado, comenzaron a sentirse las palpitaciones de mi sistema nervioso, corazón en modo turbo y uñas para llevar comiendo, no sin antes abrir garganta con uno cuantos cocteles de endorfina y una pizca de adrenalina que me dieran fuerzas para gritarle a las dueña de mis quinielas, prosa sin censura a lo largo de 90 minutos de profunda agonía.

Y cuando menos lo esperaba, la seductora de seductoras, Doña Esperanza, se hizo presente, haciéndome caer rendida ante las palabras mágicas del Sí se puede. Porque lo hermoso de este corazón mexican pambolero es que sabe olvidar y cada Mundial espera que el amor más pasional sea consumado en la cima de la fe, esa que mueve montañas, mercados, países enteros, dólares, euros, pesos y demás monedas susceptibles a la venta del pueblo.

Ahí estábamos, yo y ese corazón que se salía por el pecho, que sentía que le arrancaban el alma a cada tiro, porque cada patada, cada error, es un pedacito de dolor que hace de esos partidos un placer sadomasoquista, sólo comparable con nuestro amigo, el chile habanero.

Y qué sensación cuando cae el primer gol, cuando caes vencido por el peso de la historia y cuando, encima de todo, los africanos se toman el tiempo para hacernos el baile de la vergüenza.

Aún con minutos de sobra para empatarles a los anfitriones, la selección hace lo suyo y tras pequeñas descargas de impotencia, ataca Don Papi Márquez con toda la furia, desplazando una de sus extremidades y concretando la jugada del gol para lo nuestros. Llega la primer descarga nerviosa pasando por cada una de las fibras de la felicidad: gritos, júbilo, mandíbula dislocada, pelos en punta, muslos apretados y cuerdas vocales haciéndola de bubusela humana.


Después de eso, la mirada es otra, el café pide convertirse en chela y los molletes en taco placero.

Así fue como culminó el primer partido, con un resultado que se antojaba injusto, pero al mismo tiempo misericordioso. No ganamos, no perdimos, solo cumplimos. Y mi corazón, ahora más de pollo, se derretía ante las repeticiones de ese gol que hizo valer los cuatro largos años de espera.

Conforme los días pasaban la expectativa se hacía cada vez más gorda, gracias a millones de mensajes vía intravenosa de todos los medios que se encargaron de introducirnos en un sueño opiáceo de guerreros aztecas conquistando tierras sudafricanas.

Al final, como si se tratara del décimo tercer episodio de la saga del heroico cuerpo de pamboleros, acabamos por aventarmos una vez más el drama de una película más donde pasa todo pero al final no pasa nada y donde después de todo te descubres como novia dejada, sudada y engañada una vez más por los espejos de la pasión de un sueño mexicano herido que solo se cura agregando unas gotitas de tequila con limón y sal.

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